Ana la profetisa: Nunca dejó de orar (2024)

Oración

Dios, Creador nuestro, ¿puedes avivarnos y darnos el deseo de vivir una vida de devoción para ti? Jesús, Salvador nuestro, ¿puedes hacernos recordar nuevamente tu realidad encarnada —que conviertes en sagrados aun los actos más pequeños de benignidad, bondad y fidelidad—? Espíritu Santo, Aliento nuestro, ¿puedes estar cerca de nosotros en este momento —obrando a través de nuestros cuerpos a fin de prepararnos para la obra que tienes para nosotros en el mundo—? Santísima Trinidad, te damos las gracias por todas estas cosas. Amén y amén.

Escritura clave

«Había también una profetisa, Ana, hija de Penuel, de la tribu de Aser. Era muy anciana; casada de joven, había vivido con su esposo siete años, y luego permaneció viuda hasta la edad de ochenta y cuatro. Nunca salía del templo, sino que día y noche adoraba a Dios con ayunos y oraciones. Llegando en ese mismo momento, Ana dio gracias a Dios y comenzó a hablar del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén». Lucas 2:36-38

Introducción a la historia de Ana la profetisa

La historia de Ana la profetisa tuvo lugar durante los primeros días de la vida de Jesús. Según la ley de Moisés, «Todo varón primogénito será consagrado al Señor» (Lucas 2:23). En vista de esta ley, María y José llevaron a Jesús —de ocho días de nacido— al templo para ofrecer un sacrificio: dos tórtolas para la circuncisión de Jesús y la purificación de María. Cuando María y José entraron al templo, dos personas los recibieron: Simeón y Ana.

Estas dos personas —quienes interactúan con María, José y Jesús— fueron movidas por el Espíritu Santo a entrar al templo. Simeón tomó a Jesús de los brazos de sus padres y dio una profecía. Simeón declara muchas cosas, incluyendo «la caída y el levantamiento de muchos en Israel» (Lucas 2:34). Es después de la profecía de Simeón que Ana entra en escena.

Ahondando en el tema: ¿Quién era Ana en la Biblia?

Puedo imaginarme a Ana la profetisa como una mujer que entra al templo y que resplandece. Así como ella, puedo imaginarme a muchas de las mujeres santas en mi vida que se han dedicado al trabajo de la iglesia. Me la imagino honrando al templo con su presencia, y siendo sociable para con todos a su alrededor.

Solo tenemos tres versículos cortos para ver quién es esta mujer. No obstante, esos textos bíblicos nos dan algunas pistas en cuanto a la clase de mujer con quien nos habríamos encontrado si hubiéramos conocido a Ana en este espacio del templo. Es descrita como una mujer que ayunaba a menudo, por lo que podemos imaginar que era delgada. Al ser de edad avanzada, tenía posición social en su comunidad como anciana (Lucas 2:36-37). Además, su capacidad de andar en el templo, de ir y venir, da un indicio de que tenía la capacidad física de ir desde un sitio al otro. Su designación como profetisa es testimonio de su perspicacia espiritual y del hecho de que su comunidad espiritual valora sus dones y reconoce su autoridad.

Es descrita como la hija de Penuel y miembro de la tribu de Aser. Lucas nombra al padre y la tribu de Ana, haciendo de ella una de las pocas personas en el Nuevo Testamento de quien se menciona su tribu. Otras personas de quienes se menciona su tribu incluyen a Jesús —del linaje de David y de la tribu de Judá (Lucas 2:4; Mateo 1:1-16)—, a Saulo —de la tribu de Benjamín (Filipenses 3:5)—, y a Bernabé —un levita (Hechos 4:36)—.1

Ana es la única profetisa mencionada por nombre en el Nuevo Testamento. Este hecho, combinado con su alta posición social en la comunidad y sus constantes oraciones en el templo, es indicio de que era una mujer de fe extraordinaria.

Si se casó a la edad aproximada de 14 años (edad en que comúnmente se casaban las mujeres en aquel tiempo), y estuvo casada por siete años, Ana tendría 21 años de edad cuando enviudó. El texto dice que fue viuda hasta la edad de 84 años. Algunos interpretan el texto para decir que fue viuda por 84 años, lo cual significa que tendría alrededor de 105 años de edad cuando se encontró con la familia de Jesús.

Esta santa anciana es una mujer que, tras la muerte de su esposo, nunca salía del templo. Adoraba con ayunos y oraciones cada día y cada noche. Cuando entra al templo en el día que Jesús estaba allí, ella ve lo que otros no podían ver. Al momento en que llega, comienza a alabar a Dios y hablar del niño «a todos los que esperaban la redención de Jerusalén» (Lucas 2:38).

No se registran las palabras de Ana, pero su historia es poderosa. Las palabras de Simeón sí se registran, y hablan de cosas por venir. Ana parece estar muy entusiasmada, pues instruye a todos los que la rodeaban mientras daba alabanzas a Dios. El tono mesiánico que da el narrador insinúa que ella comenzó a evangelizar a todos los presentes, a cualquiera que estuviese esperando la redención de Jerusalén.

Ella es llamada, y nosotros somos llamados

Lo que me llama la atención poderosamente en la historia de Ana es su entrega a la oración, al ayuno, y a la vida en el templo. Pienso en las mujeres con quienes me he encontrado en esta jornada de la vida, las cuales no llevan amargura en sus corazones, sino que buscan el rostro de Dios sobre todas las cosas.

Cuando Ana enviudó a una edad temprana, podía haber adoptado una postura diferente. Podía haberse enfadado o haberse caído en una tristeza profunda. Pero en vez de eso, ella aparece aquí, al final de la narrativa de la Navidad. Es una mujer llena de esperanza y propósito.

Ella va acompañada del Espíritu Santo. Y en mi mente, me parece verla flotar en el rumbo donde el Espíritu la va llevando. Algunos de nosotros pueden imaginar a una mujer como esta en sus propias vidas. Pero para otros, la idea de una persona dirigida tan precisamente por el Espíritu Santo puede parecerles extraña. Una persona que viene y va, y que anuncia la verdad a todos los que están a su alrededor en un momento dado pudiera ser tenida por excéntrica, por no decir loca. No obstante, esta profetisa de la tribu de Aser encuentra su lugar en la historia bíblica, y es un ejemplo de una vida que estaba a la expectativa [del Mesías].

Es apropiado que la historia de Ana sea el final del relato bíblico de la Natividad. Es una mujer que ha estado esperando la redención de Jerusalén por más de 80 años. El adviento —temporada litúrgica de espera— termina para nosotros, como en el ejemplo de Ana, con la llegada de la luz y con palabras de alabanza que brotan del corazón de cada iglesia cristiana en el mundo.

Conclusión

En esta historia Ana nos invita a tener el mismo tipo de expectativa que tuvo ella durante su vida. Ella es ejemplo del discipulado cristiano saludable: algún tipo de ayuno, oraciones continuas, y anunciar las buenas noticias a los demás. Ella nos ayuda a imaginar cómo sería para nosotros confiar únicamente en nuestro Creador. La vida que ella vivió es una vida radical que nos hace una invitación radical a esperar pacientemente la gloria y la bondad de Dios.

Ana la profetisa: Nunca dejó de orar (2024)

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